Ser radicalmente pobre para ser plenamente hermano. Leonardo Boff

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English: Talla de San Francisco de Asís en la fachada de la iglesia a él dedicada en Alfaro (La Rioja, España) (Photo credit: Wikipedia)

Ser radicalmente pobre 

para ser plenamente hermano



2013-06-14

Una de las primeras cosas que dijo el Papa Francisco fue “cómo me
gustaría una Iglesia pobre para los pobres”. Este objetivo está en
consonancia con el espíritu de San Francisco, llamado el Poverello, el
Pobrecito de Asís. Él no pretendió gestar una Iglesia pobre para los
pobres, pues no era realizable bajo el régimen de cristiandad donde la
Iglesia tenía todo el poder, pero creó en torno suyo un movimiento y
una comunidad de pobres con los pobres y como los pobres.

En cuanto a la extracción de clase, Francisco pertenecía a la próspera
burguesía local. Su padre era un rico comerciante de telas. De joven
lideraba un grupo de amigos bohemios ̶ jeunesse dorée ̶ que vivía de
fiesta en fiesta y cantaba a los juglares del sur de Francia. De adulto
sufrió una fuerte crisis existencial. Desde dentro de esa crisis surgió
en él una inexplicable misericordia y amor a los pobres, especialmente a
los leprosos, incomunicados, en las afueras de la ciudad. Abandonó la
familia y los negocios, asumió la pobreza evangélica radical y se fue a
vivir con los leprosos. Jesús pobre y crucificado y los pobres reales
fueron los móviles de su cambio de vida. Pasó dos años en oración y
penitencia, hasta que interiormente escuchó una llamada del Crucificado:
“Francisco, vete y repara mi Iglesia que está en ruinas”.

Le costó entender que no se trataba de algo material, sino de una misión
espiritual. Se fue por los caminos predicando en los burgos el
evangelio en lengua popular. Y lo hacía con tanta alegría, “grazie” y
fuerza de convicción que fascinó a algunos de sus antiguos compañeros.
En 1209 consiguió que el Papa Inocencio III aprobase su “locura”
evangélica. Comenzaba el movimiento franciscano que en menos de veinte
años tendría más de cinco mil seguidores.
Cuatro ejes estructuran el movimiento: el amor apasionado a Cristo
crucificado, el amor tierno y fraterno a los pobres, la “señora dama
pobreza”, sencillez genuina y gran humildad.

Dejando a un lado los otros ejes, intentemos entender cómo Francisco vio
y vivió con los pobres. No hizo nada para los pobres (algún lazareto u
obra asistencial), pero hizo mucho por los pobres, pues los incluía en
la predicación del evangelio y cuando podía estaba con ellos, pero hizo
más: vivió como los pobres. Asumió su vida, sus costumbres, los besaba,
limpiaba sus heridas y comía con ellos. Se hizo un pobre entre los
pobres. Y si encontraba a alguien más pobre que él, le daba parte de su
ropa para ser realmente el más pobres de los pobres.

La pobreza no consiste en no tener, sino en la capacidad de dar y volver
a dar hasta expropiarse de todo. No es un camino ascético, sino la
mediación para una excelencia incomparable: la identificación con
Cristo pobre y con los pobres con los cuales estableció una relación de
fraternidad.

Francisco había intuido que las posesiones se interponen entre las
personas, impidiendo que se miren a los ojos y que el corazón hable al
corazón. Los intereses son lo que se encuentra entre (inter-esse)
las personas y lo que crea obstáculos a la fraternidad. La pobreza es
el esfuerzo continuo para eliminar las posesiones e intereses de
cualquier tipo para que de ahí resulte la fraternidad verdadera. Ser
radicalmente pobre para ser plenamente hermano, este es el proyecto de
Francisco, de ahí la importancia de la pobreza radical.

Cierto es que la pobreza así de extrema era pesada y dura. Nadie vive
solo de mística. La existencia en el cuerpo y el mundo plantea demandas
que no pueden ser falsificadas. ¿Cómo humanizar la deshumanización real
que comporta este tipo de pobreza? Las fuentes de la época dan
testimonio de que los hermanos parecían “homines silvestres (salvajes)
que comen muy poco, van descalzos y visten con los peores vestidos”.
Pero, para sorpresa de todos, dicen que nunca pierden la alegría y el
buen humor.

En este contexto de pobreza extrema Francisco da valor a la fraternidad.
La pobreza de cada uno es un reto para el otro, para cuidar de él y
proporcionarle, mediante la limosna o el trabajo, lo mínimo necesario,
darle cobijo y seguridad. Con esto el tener es sustituido en su
pretensión de dar seguridad y humanización. Francisco quiere que cada
fraile cumpla con la misión de madre para con otro, ya que las madres
saben cómo cuidar, especialmente a los enfermos. Sólo el cuidado
recíproco humaniza la existencia como lo mostró M. Heidegger en su Ser y Tiempo.
Para quienes vivían totalmente desprotegidos, la fraternidad
significaba efectivamente todo. El biógrafo Tomás de Celano describe la
alegría y el gozo en medio de su pobreza severa. Escribía: “llenos de
saudades trataban de encontrarse y estaban felices cuando podían estar
juntos, el alejamiento era doloroso, la partida amarga, la separación
triste”. El despojamiento total les abría al disfrute de las bellezas
del mundo, pues no las querían tener, solo saborear.

Muchas lecciones podrían extraerse de esta aventura espiritual.
Quedémonos con una: para Francisco las relaciones humanas deben
construirse siempre a partir de los que no son y no tienen la visión de
los poderosos. Deben ser abrazados como hermanos. Sólo una fraternidad
que viene desde abajo y desde ahí engloba a todos los demás, es
verdaderamente humana y tiene sostenibilidad. La Iglesia, tal como la
tenemos hoy, nunca será como los pobres. Pero puede ser para y con los
pobres, como la sueña el Papa Francisco.

Francisco se desnuda para cubrir la desnudez del Papa. Leonardo Boff

Francisco se desnuda para cobrir la desnudez del Papa

06/04/2013

Saben los historiadores que el Papa del tiempo de san
Francisco, Inocencio III (1198-1216), llevó el papado a un apogeo y
esplendor como nunca lo había habido antes ni lo habrá después. Hábil
político, consiguió que todos los reyes, emperadores y señores feudales,
con algunas excepciones, fuesen sus vasallos. Bajo su regencia estaban
los dos poderes supremos: el Imperio y el Sacerdocio. Ser sucesor del
pescador Pedro era poco para él. Se declaró «representante de Cristo»,
pero no del Cristo pobre, que andaba por los polvorientos caminos de
Palestina, profeta peregrino, anunciador de una radical utopía, la del
Reino del amor incondicional al prójimo y a Dios,  de la justicia
universal, de la fraternidad sin fronteras y de la compasión sin
límites. Su Cristo era el Pantocrator, el  Señor del Universo, cabeza de
la Iglesia y del Cosmos.

Esta visión exaltatoria favoreció la construcción de una Iglesia
monárquica, poderosa y rica pero absolutamente secularizada, contraria a
todo lo que es evangélico. Tal realidad sólo podía provocar una
reacción contraria entre el pueblo. Surgieron los movimientos
pauperistas, de laicos, hombres y mujeres y de laicos ricos que se
hacían pobres. Predicaban por su cuenta el evangelio en la lengua
popular: el evangelio de la pobreza contra el fasto de las cortes, de la
sencillez radical contra la sofisticación de los palacios, la adoración
al Cristo de Belén y de la Crucifixión contra la exaltación imperial de
Cristo Rey todo poderoso. Eran los albigenses, los valdenses, los
pobres de Lyon, los seguidores de Francisco, de Domingo y de los siete
Siervos de María de Florencia, nobles que se hicieron  mendicantes.

A pesar de este fasto, Inocencio III fue sensible a Francisco y a los
doce compañeros que lo visitaron, desharrapados, en su palacio de Roma,
para pedirle permiso para vivir según el evangelio. Conmovido y con
remordimientos, el Papa les concedió un permiso oral. Corría el año
1209. Francisco no olvidaría este gesto generoso.

Pero la historia da sus vueltas. Lo que es verdadero e imperativo,
llegado su momento de maduración, se revela con una fuerza volcánica. Y
se reveló en 1216 en Perugia adonde fue el Papa Inocencio III a uno de
sus palacios.

Súbitamente el Papa muere después de 18 años de pontificado
triunfante. Pronto se oyen los sonidos lúgubres del canto gregoriano
provenientes de la catedral pontificia. Se entona el grave planctum
super Innocentium («el llanto sobre Inocencio»).

Nada detiene a la muerte, señora de todas las vanidades, de toda la
pompa, de toda gloria y de todo triunfo. El ataúd del Papa está frente
al altar mayor cubierto oropeles, joyas, oro, plata y los signos del
doble poder sagrado y secular. Cardenales, emperadores, príncipes,
abades y filas sin fin de fieles se suceden en la vigilia. El obispo
Jacques de Vitry, llegado de Namur y nombrado después cardenal de
Frascati, es quien lo cuenta.

Es medianoche. Todos se retiran apesadumbrados. Solamente la luz
vacilante de las velas encendidas proyecta fantasmas en las paredes. El
Papa, en otro tiempo siempre rodeado de nobles, está ahora solo con las
tinieblas. Y de pronto unos ladrones entran sigilosamente en la
catedral. En pocos minutos despojan el cadáver de todas las ropas
preciosas, del oro, la plata y las insignias papales.

Ahí yace un cuerpo desnudo, ya casi en descomposición. Se hace
realidad lo que Inocencio III dejara registrado en un famoso texto suyo
sobre «la miseria de la condición humana». Ahora ella se muestra con
toda la crudeza en su propia condición.

Un pobrecito, fétido y miserable, se había escondido en un rincón
oscuro de la catedral para velar, rezar y pasar la noche junto al Papa
que le fué tan benévolo. Se quitó la túnica rota y sucia, túnica de
penitencia, y con ella cubrió las vergüenzas del cadáver ultrajado.

Siniestro destino de la riqueza, grandioso el gesto de la pobreza. La
primera no lo salvó del saqueo, la segunda lo salvó de la vergüenza.

Y concluye el cardenal Jacques de Vitry: «Entré en la iglesia y me di
cuenta, con plena fe, de cuán breve es la gloria engañosa de este
mundo».

Aquel al que todos llamaban Poverello y Fratello nada dijo ni nada
pensó. Solo hizo. Quedó desnudo para cubrir la desnudez del Papa que un
día le aprobara el modo de vida. Francisco de Asís, fuente inspiradora
del Papa Francisco de Roma.

Leonardo Boff es autor del libro Francisco de Asís: ternura y vigor, Sal Terrae 61995.

Traducción de Mª José Gavito Milano