Ziquítaro. Fiesta patronal 2014. EL CASTILLO

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EL CASTILLO

Tenía desde luego su atractivo el “torito”, un artefacto elaborado por los mismos artesanos que manufacturaban el castillo. Una como armazón hecha con cañas de carrizo, u otros materiales, en forma, claro, de toro, y entreverada en sus costillas y en su cabeza, con entramado de tubitos en los que se anidaba la pólvora, tal vez los materiales luminiscentes que hacían colorido el artefacto; y los tubitos que detonaban los abundantes buscapiés que se arrastraban por el suelo, o se elevaban sin ton ni son, en busca precisamente de los pies o la curiosa humanidad de los presentes.

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Un hueco en la parte baja del torito, facilitaba que un muchacho audaz y travieso, se animara a entrarle al toro, literalmente, ponérselo sobre su cabeza y así, corre y corre, correteaba a los igualmente traviesos muchachos que pretendían escapar de los “buscapiés”, o de los cohetes inofensivos. Bueno, esa era mi experiencia de niño y aún de joven: en otros lugares y tiempos, debió tal vez ser distinto,  de acuerdo a la creatividad de los artesanos fabricantes de castillo y su inmediato precursor el torito, una vez que la autoridad había sonado la trompeta para empezar la corrida de toros, digo del toro, persiguiendo a los alborozados muchachos.

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 Y no está usted para saberlo ni yo para contarlo, joven lector de esto, habría de verse, o más bien de oírse, la algarabía del respetable público ante las travesuras del toro y las corretizas de la muchachada para evitar sus inofensivos cohetes y buscapiés. Habría de venir luego la exaltación del sentimiento, no sé cuándo nacido en el curso de las generaciones, de sentirse elevado, sublimado a aún más ser expresado por luces, chasquidos de los fuegos cada vez que los expertos artesanos cambiaban la escena .El castillo, 34

Y, aunado a todo eso, algo que había comenzado desde las corretizas del toro, con aquellos sones purépechas precisamente llamados toritos, y aquí sí, como dice el dicho, la banda de música tradicional toque y toque, fuese de Zirahuén, de Ichán o de cualquier  punto del mapa del pueblo de artistas, el purépecha o el tarasco, como antes se decía.

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 Era cosa de vibrar en exultante acorde sostenido, al ritmo de

sus llamativos, exultantes y pegajosos sones  diseñados tanto para sintonizar con la gritería festiva, como para zapatear cuando viniese el caso y elevar la fiesta brava, entonces sólo “ cibernética”, a las alturas del arte y del regocijo por estar en día, más bien noche, de fiesta, y formar parte, íntima  del terruño y su gente, animados por la devoción, o no, del santo patronal o del “santo” laico, en caso de las celebraciones cívicas.

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 El espacio se prestaba, en el amplio solar tal vez reminiscencia de la familia Cerda (Josefina, Concepción, Juan), nombre homónimo aplicado también a un  potrero cercano al poblado, denominado Potrero de los Cerdas. Tiempos aquellos, cuando se estaban conformando las cosas tal y como ahora las conocemos. Pero como eran conforme a las entendían nuestros antepasados, padres y abuelos, hijos de su tiempo, que determina conductas y aconteceres. El caso es que así, y todo, las fiestas cívicas, o la patronal, algún tiempo suspendida, eran motivo, como ahora, de concentración de los fervores campiranos que requerían, como ahora, sus expansiones.

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 Aún así solamente una vez hubo de lamentarse un accidente, cuando un torito se pasó a un salón de la vieja escuela, donde según llegué a saber, se refugiaban algunas personas y fue que  una chispa del torito fue a dar a unos cohetes y resultaron varias personas con quemaduras. Estoy hablando de los cuarenta, o de los cincuenta. Era entonces la plaza improvisada, de una sola pista para dar la vuelta sobre todo muchachos y muchachas, practicando el flirteo regalándose flores recogidas de los huertos familiares. Y el castillo, obviamente cuando lo había, “si no, no”, en una esquina de la plaza.

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Antes, y entre los juegos, el del famoso palo encebado, a prueba de muchachos audaces que sorteaban la prueba de los resbalones para poder llegarle al premio colocado en la cima del madero. Una sola pista dije, mientras la banda de música, donde se podía, y años después, una generación más, en el kiosko sobrepuesto al que fuera un depósito del agua potable, que llegaba por bombeo desde la ojodeagua central.  Los usos han cambiado, la población también y ahora la serenata es a tres pistas, para darle gusto a todos los gustos.

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 El circular por los ambulatorios de la plaza, por el gusto de los mayores, o por el flirteo de los jóvenes que, ya sin compartir ramos de flores, tal vez comparten ramos de relucientes miradas que sintonizan con la antenita de aquellos ojos negros o cafés. La pista otrora para el deporte, el día festivo para sintonizar con el canto y el baile del pueblo; y la pista en un rincón, pero no por eso menos sobresaliente, donde se centran las miradas y la admiración por el arte pirotécnico armado por los artesanos de Jacona, la familia de artistas del fuego de artificio, Gracia y Serafín.

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Y así, con miradas mediante las cuales se bendice al mundo, palpitar de corazones juveniles que buscan en el amor trascenderse  y la admiración por la inventiva humana en el canto, la música, la danza y la explosión luminosa de coloridos, nuestra generación va tejiendo también su propia historia para sintonizarla con los anhelos de ser mejores, los de aquí, y los de allá, porque al fin y al cabo la vida también danza con los regocijos de una fiesta patronal en un humilde pueblito michoacano. (Silviano Martínez Campos).

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A Day in My Life: January 2014

Gold Can Stay

Though my photography skills are amateurish at best, I was intrigued when Clair Dickson, editor of The Creative Mama, asked if anyone might be interested in this project.

The details are fairly straightforward: Each month capture 14 images from any one day in your life and post them (with as much or as little commentary as you might like) on the 24th of that month.

I like this idea so, so much.  So often the photos we choose to share, while often lovely, poignant, and even at times breathtaking, are regularly posed, carefully selected, and heavily edited.  This project challenges you to document an ordinary day–which, of course, is laden with the mess and minutiae of life.

And while photos such as these will never replace the beauties hanging on my walls, they will offer something equally breathtaking to my children: accurate, authentic glimpses of our very real life together.

[Please click here to…

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El tiempo de la Gran Transformación y de la Corrupción General. Leonardo Boff

El tiempo de la Gran Transformación y de la Corrupción General

2014-01-24


Normalmente las sociedades se asientan sobre el siguiente trípode: la economía, que garantiza la base material de la vida humana para que sea buena y decente; la política, por la cual se distribuye el poder y se organizan las instituciones que hacen funcionar la convivencia social; y la ética, que establece los valores y normas que rigen los comportamientos humanos para que haya justicia y paz y para que se resuelvan los conflictos sin recurrir a la violencia. Generalmente la ética viene acompañada de un aura espiritual que responde por el sentido último de la vida y del universo, exigencias siempre presentes en la agenda humana.

Estas instancias se entrelazan en una sociedad funcional, pero siempre en este orden: la economía obedece a la política y la política se somete a la ética.

Pero a partir de la revolución industrial en el siglo XIX, más exactamente a partir de 1834en Inglaterra, la economía empezó a despegarse de la política y a soterrar a la ética. Surgió una economía de mercado de forma que todo el sistema económico fuese dirigido y controlado solamente por el mercado libre de cualquier control o de un límite ético.

La marca registrada de este mercado no es la cooperación sino la competición, que va más allá de la economía e impregna todas las relaciones humanas. Pero ahora se creó, al decir Karl Polanyi, «un nuevo credo totalmente materialista que creía que todos los problemas podrían resolverse con una cantidad ilimitada de bienes materiales» (La Gran Transformación, Campus 2000, p. 58). Este credo es asumido todavía hoy con fervor religioso por la mayoría de los economistas del sistema imperante y, en general, por las políticas públicas.

A partir de ese momento, la economía iba a funcionar como el único eje articulador de todas las instancias sociales. Todo iba a pasar por la economía, concretamente, por el PIB. Quien estudió en detalle este proceso fue el filósofo e historiador de la economía antes mencionado, Karl Polanyi (1866-1964), de ascendencia húngara y judía y más tarde convertido al cristianismo de vertiente calvinista. Nacido en Viena, desarrolló su actividad en Inglaterra y después, bajo la presión macarthista, entre Toronto en Canadá y la Universidad de Columbia en Estados Unidos. El demostró que «en vez de estar la economía embutida en las relaciones sociales, son las relaciones sociales las que están embutidas en el sistema económico» (p. 77). Entonces ocurrió lo que él llama La Gran Transformación: de una economía de mercado se pasó a una sociedad de mercado.

Como consecuencia nació un nuevo sistema social, nunca habido antes, donde no existe la sociedad, solo los individuos compitiendo entre sí, cosa que Reagan y Thatcher van a repetir hasta la saciedad. Todo cambió, pues todo, realmente todo, se vuelve mercancía. Cualquier bien será llevado al mercado para ser negociado con vistas al lucro individual: productos naturales, manufacturados, cosas sagradas ligadas directamente a la vida como el agua potable, las semillas, los suelos, los órganos humanos. Polanyi no deja de anotar que todo esto es «contrario a la sustancia humana y natural de las sociedades». Pero fue lo que triunfó, especialmente en la posguerra. El mercado es «un elemento útil, pero subordinado a una comunidad democrática» dice Polanyi. El pensador está en la base de la «democracia económica».

Aquí cabe recordar las palabras proféticas de Karl Marx en La miseria de la filosofía, 1847: «Llegó, en fin, un tiempo en que todo lo que los hombres habían considerado inalienable se volvió objeto de cambio, de tráfico y podía venderse. El tiempo en que las propias cosas que hasta entonces eran co-participadas pero jamás cambiadas; dadas, pero jamás vendidas; adquiridas pero jamás compradas –virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia etc.– en que todo pasó al comercio. El tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal, o para hablar en términos de economía política, el tiempo en que cualquier cosa, moral o física, una vez vuelta valor venal es llevada al mercado para recibir un precio, en su más justo valor».

Los efectos socioambientales desastrosos de esa mercantilización de todo, los estamos sintiendo hoy por el caos ecológico de la Tierra. Tenemos que repensar el lugar de la economía en el conjunto de la vida humana, especialmente frente a los límites de la Tierra. El individualismo más feroz, la acumulación obsesiva e ilimitada debilita aquellos valores sin los cuales ninguna sociedad puede considerarse humana: la cooperación, el cuidado de unos a otros, el amor y la veneración por la Madre Tierra y la escucha de la conciencia que nos incita para bien de todos.

Cuando una sociedad como la nuestra, entorpecida por culpa de su craso materialismo, se vuelve incapaz de sentir al otro como otro, solamente como eventual productor y consumidor, está cavando su propio abismo. Lo que dijo Chomsky hace días en Grecia (22/12/2013) vale como llamada de alerta: «quienes lideran la corrida hacia el precipicio son las sociedades más ricas y poderosas, con incomparables ventajas como Estados Unidos y Canadá. Esta es la loca racionalidad de la ‘democracia capitalista’ realmente existente.”

Ahora cabe aplicar el There is no Alternative (TINA): No hay alternativa: o mudamos o pereceremos porque nuestros bienes materiales no nos salvarán. Es el precio letal por haber entregado nuestro destino la dictadura de la economía transformada en un “dios salvador” de todos los problemas.

Leonardo Boff


El tiempo de la Gran Transformación y de la Corrupción General. Leonardo Boff

El tiempo de la Gran Transformación y de la Corrupción General. Leonardo Boff.